Consideramos necesario el mantenimiento de una fiscalidad eficiente, justa, progresiva y suficiente basada siempre en la primacía de los impuestos directos sobre los indirectos, como medio de reducir los desequilibrios sociales y, de este modo, lograr una mayor igualdad entre el conjunto de los ciudadanos.

Eso no lo digo yo, que también. Lo dijo el PSOE en el programa con el que compareció a las Elecciones Generales de 2008 (lo puedes consultar aquí; las promesas en materia fiscal las puedes disfrutar a partir de la página 104).

Así que, hace año y medio, el PSOE defendía que en una fiscalidad progresiva –y progresista- deben primar los impuestos directos (los que gravan la renta, como el IRPF: el que más gana paga más) sobre los indirectos (los que gravan el consumo, como el IVA: todos pagamos lo mismo, sin tener en cuenta nuestros ingresos). Una vez más, el PSOE promete una cosa y hace otra. Y, como siempre, se le va la mano a la derecha.

Desde una óptica de izquierda, lo que procede en la grave situación actual es revisar el IRPF, modificando la tarifa y los mínimos exentos, para avanzar en la progresividad y para que de verdad paguen más las clases altas y menos las bajas y medias. Esto es de manual. Lo decía hasta el PSOE en su programa electoral:

En materia del IRPF queremos seguir avanzando en la mejora de la equidad del gravamen, lo que supone fundamentalmente actuar sobre la tarifa y los mínimos exentos.
- Utilizaremos el margen disponible para proseguir con la política de reducción del IRPF, especialmente centrada en las personas que trabajan y en las que son pensionistas.
- Adecuaremos los tramos de la tarifa del impuesto con la finalidad de conseguir una mejora de equidad en el tratamiento de los distintos grupos de renta.

Pero el Gobierno de Zapatero no ha hecho esto. Tras suprimir en 2008 el impuesto sobre el patrimonio, la reforma actual en el IRPF se ha limitado a un tímido incremento en la tributación de las rentas del ahorro (los primeros 6.000 euros al 19% y el resto al 21%).

Y se elimina la deducción de 400 euros introducida en 2008. Esta medida era manifiestamente injusta, puesto que no se regía por ningún criterio de progresividad: todos los contribuyentes, independientemente de sus ingresos, nos deducíamos los 400 euros. El problema es que en su día se dieron 400 euros a quienes no los necesitaban y ahora se quitan a quienes de verdad los necesitan.

Lo que no tiene desperdicio son los motivos que el Gobierno aduce en su nota de prensa oficial para justificar la eliminación de los 400 euros. Dice literalmente lo siguiente: “las circunstancias que llevaron a su creación para ayudar a las familias (que tenían que afrontar una tasa del euribor, el precio del petróleo y la inflación muy elevados) han desaparecido en la actualidad”. Claro, como ahora las familias no pueden pagar la hipoteca, ni sacar el coche, ni comprar, pues no les afecta el euribor, el precio del petróleo, ni los precios.

La reforma fiscal de Zapatero se basa, fundamentalmente, en el IVA, el impuesto indirecto por excelencia. Se incrementa el tipo de gravamen general del 16% al 18% y el reducido del 7% al 8% (el superreducido no lo tocan; sólo faltaba). De este modo, el Gobierno espera recaudar 5.150 millones de euros más al año. Esta cantidad la iremos pagando entre todos los ciudadanos cada vez que consumamos bienes o servicios. Y todos lo mismo, ganemos lo que ganemos. O mejor dicho, pagarán proporcionalmente más las rentas bajas, que deben destinar todos sus ingresos al consumo. El Gobierno central seguirá repitiendo la letanía de que van a pagar más los ricos, pero es una mentira burda.

El sábado el Gobierno central, para ir de rojos y compensar la barbaridad fiscal cometida, también aprobó el proyecto de Ley del aborto. De esto ya me ocupé hace algún tiempo, y creo que de momento sigue valiendo lo que dije entonces. Sólo añado una pregunta dirigida a los de la caverna: ¿han tenido en cuenta los casos en los que la menor quiera seguir adelante con su embarazo y sean los padres quienes le obliguen a abortar? ¿Qué hacemos entonces? ¿A quién excomulgamos?

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